“No quiero ser lesbiana”

No quiero ser lesbiana. No quiero que me gusten las mujeres. No quiero que mi familia me rechace. No soporto la idea de tener sexo con otra mujer. No quiero ir al infierno. No quiero que me miren diferente por la calle. No quiero pasarlo mal. No quiero no ser feliz

En el imaginario colectivo, las mujeres lesbianas, y no digamos las bisexuales, se presentan a la sociedad como seres sufrientes. Personas que lo pasan mal, que luchan por no revelar su verdadera naturaleza, y que finalmente, cuando lo hacen, reciben un castigo. En las películas solemos asistir a este castigo en forma de muerte o de final triste para ellas (principalmente porque su pareja muere, más conocido como “el síndrome de la lesbiana muerta”). La web Autostraddle, especializada en visibilidad de mujeres LBT, contaba en un artículo que solamente el 11% de las series de televisión estadounidenses incluían un personaje lésbico o bisexual, y que de ellos el 84% tenía un final que suponía la muerte o la infelicidad.

Pero, en la vida real, las mujeres que tienen relaciones sexoafectivas con otras mujeres, no están abocadas a esta infelicidad. Los tiempos están cambiando, las sociedades están avanzando paralelamente a cómo se desarrollan los individuos, y muchos de los factores que en épocas pasadas podrían haber sido un condicionante para que se cumpliera el combo lesbiana + vida desgraciada (reflejado en la literatura lésbica con títulos como “Pozo de soledad”) se están derribando. De hecho, los estudios avalan que las parejas formadas por dos mujeres son más igualitarias que las formadas por un hombre y una mujer, con altos índices de intimidad y compromiso.

Lo observo a diario en mi consulta: mujeres que tienen problemas para aceptar su orientación sexual, y que tras varias sesiones refuerzan su confianza en sí mismas, y se dan cuenta de que ser LGBT no es malo, ni indigno, ni es percibido como tal por la gran mayoría de la población. Se desprenden de sus estigmas sobre la homosexualidad, y eso las empuja a estar cómodas consigo mismas, y consecuentemente a una mayor tranquilidad y felicidad.

Porque ser lesbiana o bisexual no es la única característica que nos define. Es, solamente, una más. Importante, por supuesto, pero una de tantas. Mujer, universitaria, amante del deporte, de la música, de aquí, de allá, de todas partes. Y sí, lesbiana.

Parte de este rechazo a la orientación sexual nace de creencias tradicionales erróneas, como por ejemplo que es algo que se puede elegir y/o cambiar, que es pasajero, o que supone una contradicción con nuestras creencias religiosas. Pero, como bien digo, todo esto es erróneo, no se sustenta. Una vez que se asume la identidad como propia, las cosas, la vida, cambia de perspectiva y se es capaz de encontrar la felicidad. Exactamente igual que cualquier otra persona.

Paula Alcaide
info@palcaide.com

Soy Paula Alcaide, psicóloga especializada en atender a mujeres lesbianas y bisexuales que buscan convertir en una fortaleza su orientación sexual y disfrutar libremente de sus relaciones con otras mujeres sin miedos, ansiedad, vergüenza o culpa.

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