¿Por qué las lesbianas somos reservadas y herméticas?

 

Suele ser un mantra que se repite en mi consulta: “soy reservada, no me gusta estar en el foco de atención.” Cuando algo se repite mucho, suelo sacar un patrón de comportamiento, y yo pienso que no es algo aislado y único de cada paciente, sino que quizás tenga que ver con cómo nos han educado y cómo hemos construido nuestras personalidades.

El hecho de ser reservadas tiene que ver con un sistema de protección que, indudablemente, tiene relación con el contexto de heternormatividad en el que vivimos. Todas las personas q ueremos formar parte de la gran manada, como buenos animales sociales, y el hecho de tener que inhibir lo que sentimos, deseamos, o queremos durante un tiempo para llevar el disfraz de heterosexuales que todos dan por hecho que somos, nos entrena en la ocultación y en la reserva. Nos volvemos herméticas, controlamos la información y aprendemos a esquivar las preguntas que nos hacen sentir vulnerables.

El arte de pasar desapercibida. El arte de ocultar sin llegar a mentir. El arte de vivir hacia dentro.

Nos entrenan para heterosexuales. Cuando no cumplimos con el objetivo de ese entrenamiento constante, puede aparecer un cierto miedo escénico a que se sepa que no somos eso que se “espera” de nosotras. Esto puede dar lugar a mucho conflicto interno entre lo que realmente soy y lo que esperan los demás de mi, y el miedo al “qué dirán” o “qué pensarán de mí”.

Es normal, como os he dicho: somos seres sociales y nos gustan contar con la aprobación de los demás. El problema yace en que el miedo genera ansiedad ante una falta de aprobación o una reacción negativa, una alerta de peligro constante que nos estresa si no decimos lo que somos o sentimos. Ese estrés y ansiedad es mucho peor que las malas reacciones: si alguien no respeta cómo eres, te enfadarás, y el mecanismo de la rabia pondrá los límites que necesites. Pero es en ese momento antes de hablar claro cuando el enemigo no está fuera sino dentro, devorándote con todos los fantasmas y augurando que todo puede ir mal.

Los fantasmas son tuyos, y son unos cabrones. Saben dónde duele.

¿Es raro entonces pensar que no nos gusta estar en el foco de atención por nuestra orientación afectivo-sexual? ¿Quién quiere sentirse valorada o comentada por los demás?

A nadie le gusta sentirse juzgada, y mucho menos por algo que ha estado durante meses o años rondando en nuestra cabeza, martilleando, negándose, negociándose con nosotras mismas y generando conflicto interno. No es raro no querer que los demás hablen de ti si estás anticipando que hablarán de forma negativa. La pregunta sería: ¿hablarán de forma negativa?¿en qué evidencias te basas?

Normalmente se anticipan respuestas mucho más negativas de las que la gente tiene. Habitualmente hay más amor y comprensión por parte de las personas que nos quieren de lo que tememos. Somos reservadas. Hemos aprendido a protegernos. Y ser espontánea, valga la paradoja, tiene que aprenderse. Odiamos estar en el foco de atención porque anticipamos que será algo negativo. La evitación es otra estrategia de protección. La pregunta es, ¿ante quién te proteges? ¿No será que en el fondo intentas evitar tus propios fantasmas, miedos y juicios?
Solo cuando dejas de ocultarte y de evitar es cuando descubres la cercanía y el amor de los que te rodean que  ya te querían hermética, pero siendo de verdad tú misma, te querrán incluso más.

Hay un chiste que dice “¿Sabes quién es la lesbiana en tu trabajo? La chica misteriosa.

Y a veces es tal cuál. La callada, la esquiva, la que evita a toda costa las preguntas personales como si fueran dardos envenenados. La que se muestra cercana pero no se abre del todo. La que no sabes qué ha hecho exactamente el fin de semana porque tiene cinturón negro en Judo para desviar el foco de atención.

Evitamos estar en el punto de mira a toda costa, incluso con un alto coste. Algunas por lesbofobia interiorizada. Otras, por hábito adquirido de supervivencia.

Protegerse esta bien. Ocultarse tiene un alto coste. Una muralla silenciosa que nos aleja de la gente. A las personas nos gusta la narrativa, nos gusta que nos cuenten historias sobre los demás. Y cuando no compartes esa historia se genera una sensación de misterio, pero también pueden pensar que no confías en los demás, que nos los haces partícipe. Te entrenas a callar y aprendes a vivir con ese silencio respecto a tu historia de vida y quién eres.

Poco a poco, algo que empezó como protección para que no te vieran como “diferente” ni te pusiera en el foco de atención, se convierte en una costumbre. Y ya no hablas de ti. Y una parte de quién eres y lo que podrías aportar, te lo tragas, y se pierde en el silencio exterior, generando ruido interior.

Si no te muestras, generas barreras y las personas no se acercan en igual medida. No compruebas que te aceptan tal cual eres. No compartes experiencias y recuerdos de la manera que lo harías si te comunicaras más. Bajo la idea de que es tu intimidad o tu vida privada, la coraza se hace fuerte, pero también te aísla generando una mayor soledad.

Te animo a que compruebes a romper un poco esas barreras y.. a ver qué pasa. Quizás encuentras reconfortante dejar que otras personas se acerquen un poco más a tu esencia como persona y sentir su cariño.

Paula Alcaide
info@palcaide.com

Soy Paula Alcaide, psicóloga especializada en atender a mujeres lesbianas y bisexuales que buscan convertir en una fortaleza su orientación sexual y disfrutar libremente de sus relaciones con otras mujeres sin miedos, ansiedad, vergüenza o culpa.

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